La huida (Óscar Casas)

Quiero que las sombras cubran mi huida. Que nadie se percate de mi marcha. Mientras cruzo los últimos metros de arena recuerdo la mirada de terror del niño. Llegaba exhausto a la orilla. Iba pegado a su madre, que lo abrazaba con alegría contenida, y su rostro vuelto hacia un mar que acababa de engullir gran parte de su vida y, sobre todo, su esperanza. Me giro por última vez y veo que ella sigue mirando hacia el mar. Me pregunto cómo se lo explicará a su hijo cuando se haga mayor, cómo logrará que él no tenga razones para desertar del ser humano. Dos voluntarios chocan con ella mientras asisten a un joven. No me han visto huir. Le tapan. Le ayudan a caminar. Y eso importa. Que te ayuden a caminar, siempre importa. Le miro desde la distancia, y oteo en sus ojos la esperanza de haber hecho algo que pasará a la historia. Pero no es cierto, él no ha hecho historia, sólo la ha padecido. Sigo huyendo sin poder ya mirar atrás. Llegué para ayudar, pero no pude. Mientras marcho, sólo puedo sentir vergüenza. Me convenzo que cambiaré. Mañana volveré y lograré ayudar, pero sé que siempre huiré de una pregunta que me perseguirá toda la vida: cómo elige uno nacer en el lado correcto del mar.

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