La indivisible unidad de un matrimonio en la cuerda floja (Mario Álvarez de Luna Costumero)

El otro día mi mujer, madrileña de pura cepa, me comentó que ya estaba harta de decirme que las personas como yo sólo son capaces de brillar en la oscuridad, entre las sombras, en la ilegalidad de los tiempos. Que ya estaba bien de tantos secretos, de tantas voces en la madrugada y tanto café en la sobremesa. Su mirada glacial me avisó de que esa era la última vez que le declaraba la guerra.

Ciertamente, yo, catalán (que no ‘botifler’), también estaba harto de que me regulase el dinero que yo mismo gano, de que redistribuyese mis ganancias con hijos que ni siquiera son míos. Así que le cerré la puerta en sus narices, inquebrantable, y le pedí asilo a la vecina. Desde entonces nos intercambiamos mensajes telefónicos; ella quiere que vuelva y negociemos lo de los críos; yo también quiero volver, pero no acabo de fiarme, igual me lo quita todo. Así que de momento nuestros hijos se rasgan las vestiduras y mi vecina se desentiende.

Veremos si cuando nos crucemos en la próxima reunión de vecinos, que tendrá lugar en dos días, mi mujer se digna a retirarme la mirada y demostrarle a todo el bloque de vecinos que nunca me quiso por mi valor como persona, sino como su sustento económico.

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