La llaves (Javier Haya Máñez)

“¿Por qué saben a sangre las llaves?”, hice la pregunta aun conociendo de sobra la respuesta. El sol tímido de la tarde se escurría por el ventanal de la habitación. La luz se proyectaba directamente en la cama, iluminándole la calavera con un aire cálido. Me gustaba el sabor de las llaves, y también las explicaciones pacientes de papá. “Porque la sangre tiene hierro, que es un metal, y las llaves están hechas de metal”, contestó tras tragar saliva. Yo me mantuve agazapado en la sombra del cuarto, dándole vueltas al llavero, observando como los plátanos de la avenida seguían perdiendo las hojas. Los días comenzaban a alargarse. Tenía la boca seca, pero yo sabía que le sentaba bien hablar. Hablar sobre llaves, sobre viajes, sobre actrices… Servía cualquier cosa que le sacase por un rato de la cabeza la ironía de que el hematólogo más famoso de la ciudad se estaba muriendo de leucemia.

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