La muerte es dulce (M. Nieves Corral Rey)

Imanol está tumbado en su cama. Cambia la televisión de canal. Busca colores y risas, pero encuentra bombas, contaminación y máscaras. Un suave y delicado olor a pastel entra por la ventana. Su estómago hace estruendosos borborigmos, mientras su rostro dibuja una sonrisa al sentir ese aroma que recorre sus sentidos. Débiles voces masculinas y femeninas se entremezclan en el exterior. Imanol se asoma sigilosamente a la puerta de su casa y observa que cuerpos amontonados agonizan en la calle. Un turbulento hongo atómico rodea sus frágiles cuerpos. Como si fuera un spray, una lluvia radiactiva tiñe sus cuerpos de gris. Imanol retorna a su habitación, pero la nube nuclear se ha colado por la ventana. Su madre entra, le lleva un trozo de pastel recién hecho, pero su cuerpo está frío y una fina capa de plutonio gris baña sus labios. Los lamentos de dolor impregnan su hogar. La lámpara de lava rojo carmesí ilumina su cuerpo inerte, mientras ríos de sangre se proyectan en la televisión de su habitación. Suena el timbre en la puerta, la guadaña tacha el nombre de la próxima vida que va a segar, pero antes de marcharse no duda en descubrir la procedencia del olor que envuelve la morada.

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