La muerte puede esperar (María del Pilar Martín Bouzas)

La oscuridad de la noche, casi llenaba la estancia. La poca luz que entraba, procedía de la farola del otro lado de la calle. A Valentina le gustaba esa falsa penumbra.
Acercó la silla al espejo de la cómoda y, con delicadeza, comenzó a deshacerse el moño. Cogió el cepillo y fue desenredando su larga melena de color gris. Durante muchos años, su Pepe se ocupó de hacerlo. Ahora que faltaba…
Hoy debía ser especial. Eligió para dormir su largo camisón azul tan gastado ya, con el paso de los años. Era su preferido.
Se acostó en la cama. Estiró su pelo por la almohada y colocó sus brazos sobre el pecho, en forma de cruz. Suspiró muy hondo y dijo:
— ¡Por fin llegó mi hora, ahora debo ser tuya!
Cerró los ojos y esperó a que la muerte llegara…
De repente, oyó pasos acercándose. Su corazón se aceleraba. ¡Ya estaba aquí, todo había acabado!
La puerta se abrió.
— ¡Abuela, pero qué haces en la cama y a oscuras! —Dijo Guille encendiendo la luz— ¡Date prisa que empieza la película!
Se levantó con paso sigiloso.
Pensándolo bien, mañana sería un día como cualquier otro para morir…

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