La Muralla (Álvaro Lion-Depetre)

Desde que se separaron no volvieron a verse. Quedó entre ellos una muralla.
Pero no pasó día que no pensasen el otro en el uno; no pasó día en el que no se recordaran, ora con respeto, ora con odio, ora con desprecio. Su relación había durado muchos años. Muchos años de ser casi uno solo; de trabajo hombro con hombro, porque era el trabajo lo que los había unido y lo que los mantenía unidos; muchos años de discusión y pelea y avenimiento y concordia. Muchos años de envidiarse, de estar pendientes de lo que el otro hacía o decía, de a quién veía, a quién hablaba, de celos, de desconfianza y de lealtad. Muchos años durante los cuales no podían vivir el uno sin el otro, el otro sin el uno. ¡Qué matrimonio!…
Cuando al fin se separaron, se dice que se miraron de frente y con aborrecimiento. «¡Vete a la mierda Casandro!», lanzó el uno; «¡Vete a la mierda, Florín!», soltó el otro… Y cada uno tomó su camino: Casandro Romano hacía el norte; Florín de Pituenga hacia el sur… Y entre el uno y el otro quedó su obra: 88 torreones y 2.500 almenas repartidos en 2.616 metros de muros de 12 metros  de altura  y 3 de grosor.
La muralla de Ávila.

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