La norma (Mònica)

Simón y Miguel crecieron juntos y unidos. A los cinco años empezaron a planificar aventuras: una cada sábado, excepto el tercero de cada mes. Miguel así lo estableció, y Simón no se opuso.
Con los años, habían llegado a explorar el jardín, el barrio, las colinas cercanas…
Llegó abril y la lluvia. Los dos adolescentes, encerrados en casa, paseaban malhumorados, farfullaban maldiciones y probaron sortilegios para conjurar el sol. Por fin, el caudal del cielo se agotó. Ese tercer sábado de mes los chicos se encaminaron hacia una cueva descubierta un par de meses antes. Apareció ante ellos como la boca abierta, expectante, de un antiguo diablo. Simón titubeó, pero siguió a Miguel, que había entrado sin ningún miedo. Con el primer paso, una ráfaga del interior lo heló hasta el tuétano; con el segundo, todo sonido exterior desapareció.
– ¡Miguel! -La roca se tragó su voz.
De repente, resbaló y cayó en una hoya de paredes lisas y húmedas, imposibles de escalar.
– ¡Miguel! -Esta vez, escuchó algo y reconoció las botas de su amigo junto al borde de su prisión.
– Miguel, ayúdame a sa…
Las botas ya no estaban. A su alrededor todo era oscuridad y frío y silencio.

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