La Pluma de Blasco Ibáñez (Josefa García Pastor)

Me gusta sentir la presión de sus dedos cuando se aferra a mí en sus noches de insomnio y que me acaricie mientras las palabras revolotean en su cabeza.
El me cuida y yo también. Me permite estar a su lado, siempre a mano, y yo me siento orgullosa de ser su compañera.
De ser el cayado que mantiene viva sus ideas y el faro de luz que proyecta su pensamiento, arrancando de mis venas dardos envenenados para sus enemigos y dulces elogios para sus admirados camaradas.
De ser la amiga que le he asistido en reuniones clandestinas y  le he acompañado en las citas memorables en el Congreso de los Diputados.
He viajado por el fango de los arrozales, he respirado el azahar de los naranjos, he vivido en barracas y en catedrales, he olido la muerte de los valientes en la arena del ruedo y la de los cobardes  soldados que iban engañados a la guerra.
Pero donde mejor me  encuentro siempre es en el bolsillo interior de la chaqueta de Don Vicente, justo  al lado de su corazón.

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