La princesa, el juicio y el diamante (Zoraida Sánchez)

Al fin la princesa no tuvo más remedio que salir de su torre de cristal donde todo es puro como el alma de una nereida jugueteando con la espuma salada. Cogió sus pertenencias: algo de melancolía, unas pocas lágrimas y la dulzura que aún quedaba en el armario.
La bruja le regaló un diamante en el pecho. Ella, la princesa, aún no sabía cuánto iba a necesitarlo.

Llegó a tierras vecinas. De tanto vivir encerrada entre los suyos llegó a pensar que el mundo entero era así. Pero el reino de la indiferencia era harina de otro costal. ¿Qué sitio extraño era aquel donde todos hablaban de cortinas?Aparentemente todo se desenvolvía tranquilamente. Pero estaba hecho de cartón piedra y cascarón. Cada palabra se perdía vacía en el inmenso caos de lo que da igual, de lo que no trasciende. Aquellos pobres habitantes sólo acertaban a mirarse su propio ombligo. Estaba asustada. No podría mirarse siquiera al espejo.

Se vio sentada en el juicio. El príncipe la miró. A fuerza de quedarse allí plantado de su boca sólo salían burbujas de jabón. ¡Que le corten la cabeza!Como Hattie McDaniel, el príncipe le hizo un vestido con las cortinas de la sala del juicio. El diamante brilló con fuerza. ¡BIGBANG!

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