La quimera y los íntimos afectos (Eduardo Alonso Solá)

En un primer momento, recogido sobre sí mismo, cavilaba. Luego, tras mucho distorsionar, llegó a creer que se había vuelto blando. Nada más lejos de la realidad: simplemente, el hombre conquistaba el espacio de la emotividad. Más tarde, mostró su extraña vulnerabilidad al calor de la cercanía en un cambio de roles: la mujer se le acercaba desde el espacio de la iniciativa, responsabilidad y sustento. Y sin embargo, no sería hasta que aquel gesto en el ojo de una palpitación que ahora se le despedía, aquella genuina expresión que tanto le perdía… hasta entonces no sería que recuperara la sensación de que, en la celeridad de la vida, la quimera le había jugado una mala pasada y no era otra sino la figura que ya había reconocido con primeriza nitidez en otras excelsas ocasiones la que le había exhalado un suspiro de cariño aquella tarde de flojera. No en vano, pensaba con el crepúsculo, los labios que le habían entregado el calor de su hálito, cruzaban su propia encrucijada cotidiana en el ejercicio de la valentía, el cobijo y, al fin, la recompensa de sus íntimos afectos.

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