La quinta y no la sexta (Daphne Escobar)

Era la quinta vez, en dos semanas, que me sentaba en la misma banca de madera frente al restaurante de mariscos y a un lado del río. Era la quinta, y no la sexta, porque la vez anterior reconocí al mismo hombre extraño que se sentaba en la banca de al lado, el que por cuarta vez tenía la mirada peligrosa, y tuve que seguir derecho fingiendo que lo ignoraba. Pueden llamarme de muchas maneras, pero no loca, y sé perfectamente cuando alguien me está siguiendo. No importaba el sol de junio, el olor de los mariscos o el lodo en la orilla del río, la peste que salía de ese hombre difícilmente podría tener nombre; no porque ardiera la nariz o aguara los ojos, sino porque erizaba la piel.
Pero hoy la quinta sería la última, y tomé valor para acercarme y pedir explicaciones. Sería la quinta, y no la sexta, porque a menos de dos pasos sacó un arma y disparó.

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