La redención del eletrado (JUAN ANDRÉS MOYA MONTAÑEZ)

La dulce curva de tu portada, apenas entrevista en aquel desierto de estanterías famélicas y quisquillosas, vino a robarme el aliento. Oteé con temor tus índices verdosos, y en ellos hallé un brillo cautivador —la promesa de un futuro mullido—, profético, incluso, a ojos de un iletrado como yo. Cuando noté tu introducción en la mejilla, perdí la voz hasta deshacerme de su impostada tiranía. Me emborraché del prefacio de tu sonrisa, de las notas leves de tu cuello pálido, del apéndice de tus palabras. Al vislumbrar tus prólogos, maldije con ahínco mi analfabetismo. Emigré pavoroso a tus nudos en flor, y anhelé, entonces, comprender los giros de tus argumentos, la prosapia de tus personajes, la voz ubicua del narrador. Como un hombre perdido, a tu desenlace rendí la pesadez de mi ignorancia.

Y, llegados al final, enmendaste la dicción torpe, mi comprensión insuficiente, el vacío de mis entelequias. Llegados al final, me enseñaste a leer.

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