La rendija (Pedro Rafael Fonseca Tamayo)

Nunca antes sintió miedo de la rendija de la puerta. Cada noche se dormía mirándola desde la cama. A veces, entraba un haz de luz, otras era solo un listón oscuro, pero cuando se alternaban luces y sombras se intranquilizaba, por eso decidió taparla, aunque sus esfuerzos fueron en vano, pues al caer la noche la rendija siempre resurgía.
Dicen quienes le hallaron al amanecer, que deliraba con los ojos sangrantes en las manos sobre un viejo colchón a la intemperie. “La rendija, la rendija”, gritaba extendiendo las manos al frente. “Me vigilan para devorarme”, argumentaba ante las explicaciones de un psicólogo que trataba de calmarlo diciéndole: “No hay paredes, ni puertas, ni casa…usted no tiene casa”.

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