La savia silenciosa (Luis Alfonso Iglesias Huelga)

Como todos los jueves se acercó y tocó suavemente su piel rugosa. Mientras deslizaba la palma de su mano y notaba una zona más húmeda y otra más seca, le contó todo lo que le había ocurrido recientemente: los problemas con Yolanda, la desesperación por la infructuosa búsqueda de trabajo, la apremiante necesidad de cambiar de vida. De repente, se quedó con un trozo de aquella superficie centenaria que cada semana escuchaba inmutable  sus quejas, sus deseos y  sus interminables reflexiones. “Los libros nos leen y los árboles nos entienden”, pensó mientras se alejaba desolado.

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