La senda del tiempo (J. P. Bango)

Caminaba despacio por viejo no por caracol. Desde hace años había sido la envidia de otros de su misma especie. Su andar era parsimonioso pero armónico, lento pero bello. Su apetito era voraz; su avidez, infatigable. En realidad, no había planta que se le resistiera. A los caracoles más jóvenes se les caía la baba solo de verlo pasear. Cuando salía el sol mostraba su esbelta cornamenta presumidamente para deleite de aquéllos que lo miraban, fotógrafos incluidos. Su concha, globulosa, dibujaba una esfera helicoide arrollada en sentido contrario a las agujas del reloj; toda una rareza.

Como les ocurría a todos, fuera de la especie que fueran, y mientras vivía en plenitud, nunca se le pasó por la cabeza que un día dejaría de ser joven; que su piel terminaría estriándose; que su caminar se volvería más bien penoso o que sus tentáculos, otrora esplendentes, dejarían de brillar cuando les empapara el sol; quizá para siempre.

Caminaba despacio, digo, por viejo no por caracol. Y las marcas pringosas que dejaba su pausado arrastrar no eran si no lágrimas que iba vertiendo mientras le asolaba la nostalgia.

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