La señorita Pi (Olga Amarís Duarte)

Un día a la señorita Pi, a veces Po y en ocasiones Pu, le salió una extraña mancha en el muslo izquierdo que le molestaba al caminar. Pero ella, con la pierna a rastras, siguió su camino sin darle demasiada importancia.

Ocurrió que la mancha fue creciendo y extendiendo sus nervaduras más allá de la pierna siniestra. Primero fue el muslo derecho, luego el abdomen, los brazos, el pecho… La señorita Pi, a veces Po y en ocasiones Pu empezó entonces a alarmarse. Pero levemente, como lo hacía ella, inflando y desinflando las aletas de la nariz a espasmos sucesivos.

Palmo a palmo, la mancha llegó a cubrir toda la superficie corporal de la ya para entonces desesperada señorita Pi, a veces Po y en ocasiones Pu. Toda ella no era sino un lunar oscuro de bordes imprecisos que se estiraban o menguaban según la temperatura ambiental. Lo peor del caso, sin embargo, era que la gente, al encontrarse con ella, no podía evitar que su mirada se dirigiese a otro punto minúsculo, más claro, rosado, casi color piel, que por descuido se había quedado sin cubrir justo a la altura del pezón izquierdo de la pudorosa señorita Pi, a veces Po y en ocasiones Pu.

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