La trampa del tiempo (Javier Cuenca)

El dulce reclinar de las sábanas había durado tres días con sus tres noches con la locura visceral del amor reducida al espacio cuadrangular de la cama. Tres noches y tres días habían comido de sus bocas el alimento embriagador de la vida tras el único gesto que los labios entregan definitivamente.
Al llegar el cuarto día él tuvo que salir y a su vuelta se percató que había dejado de amarla, a ella, hacía justo dos horas.
La conversación fue incómoda en un principio, si bien mejoró cuando ella descubrió que había dejado de amarlo, a él, justo hora y cuarenta y tres minutos antes.
La charla continuó tras el velo tenue del atardecer, entre el fuerte olor del sexo depositado sobre el somier, las mantas, el suelo, la mesa o la almohada; con el ritmo sospechoso de los susurros, de los gritos y los quejidos que aún conservaba la habitación. Una conversación que fijaba un fin en el espacio límite de la despedida.
En un instante, cuando el fluir de las palabras abre hueco a la reflexión, ella recapacitó sobre los hechos, aquellos que habían involucrado tiempo y espacios; entonces el diálogo se volvió a incomodar: había descubierto que le había amado, a él, diecisiete minuto más.

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