Entre la una y las cinco (Manuel Barbero)

Entre la una y las dos un cuchillo de luz divide Estambul.
Nunca estuvo allí con él. Su cabeza apoya entre una almohada del norte y una mesilla de noche del sur mientras sus recuerdos laten de izquierda a derecha como un corazón estirado con alfileres en algún laboratorio del viejo Berlín. Han bajado y subido para volver a bajar cada nueva escalera que creían que subía en un hotel cerrado desde meses atrás. Un final barruntado entre sonrisas que viran a muecas y caricias que arañan dejando un surco por el que fluye un río sin salida al mar. Él no se arrepiente de nada. A ella no le queda nada de qué arrepentirse.
La lámpara se funde cada último día que hacen el amor. Llevan a oscuras varias semanas para él o unos minutos para ella.
Él dice tres palabras en inglés que a ella le suenan en alemán; ella contesta en turco algo que él cree entender en francés. Hablan así horas para él, apenas segundos para ella. La noche los atrapa en silencio, sin idiomas ni palabras que gastar.
Él se ladea mudo cuando ella se gira sin habla.
Entre las dos y las tres una navaja de fuego divide Checoslovaquia.
A las 4 a.m. ella se levantará para no volver.
A las 5 a.m. él no volverá a levantarse.

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