La vergüenza (José Manuel Ansola San Emeterio)

Educada en la discreción, cantar en voz alta siempre le avergonzó, como a esas mujeres que cubren su sonrisa con los dedos.
Y no es porque la música le fuera ajena: su madre idolatraba a los cantautores latinoamericanos de su generación y, cuando un 4 de octubre, tejiendo una arpillera, se puso de parto, decidió que DEBÍA llamarse Violeta. Ya en España, su hermanita quiso nacer mientras ella aporreaba el bombo recibido por su cuarto cumpleaños, y su madre, inspirada, la bautizó Mercedes. Así, ambas crecieron acunadas por “canciones protesta”. Pero, contrariamente a Mercedes, ella era de natural callada, y disfrutaba más cantando para sus adentros, de forma que parecía estar siempre murmurando.
De haber sabido que, además de testimoniar la muerte de aquel chico tras la carga policial, le pedirían, una vez en la tarima, frente a aquellos extraños que escrutaban sus cincuenta años, que cantara “algo”, se habría negado.
Empezó a cantar: “me mandaron una carta por el correo, temprano”, mas no acertó a seguir. Cuando parte del público continuó la letra, se sorprendió a sí misma alzando un puño cerrado. La multitud, enardecida, aplaudió, entre pitos y flashes de teléfonos móviles.

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