Las capas de una cebolla podrida (JUAN CARLOS PEREZ LOPEZ)

“Asómate a mi mar”
Verso del poema Mar Eterno. Miguel Hernández.

Domingo de Ramos, 1942.
El cortejo fúnebre se dirige al cementerio Nuestra Señora del Remedio de Alicante. La desvencijada tartana es tirada por una mula cenceña. El arriero ignora que no solo traslada el cadáver de una persona, sino igualmente el de la poesía. Caminan, cabizbajas y tomadas del brazo, Josefina, la viuda, y su vecina Consuelo, seguidas por Elvira y Vicente, hermanos del difunto. Miguel Abad y yo, compañeros de celda que fuimos del recluso Hernández, cerramos tan triste desfile. Escoltamos al poeta, dejando atrás un rastro de pena, como capas de una cebolla podrida ante las que vertemos lágrimas que no pueden ser consoladas por nana alguna.
Junto al nicho, me azora la idea de que lo hayan metido desnudo en el burdo ataúd. Suplico que abran el féretro. Al retirar la tapa, quedamos impresionados.
Está amortajado con el pijama de la enfermería, donde falleció consumido por la tuberculosis. Solo entonces comprendo sus palabras:
“Ricardo, ¿quieres conocerme? Asómate a mi mar”.
Miguel Hernández mantiene abiertos sus grandes ojos azules. Frente a ellos me siento como si naufragase en un mar eterno.

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