Las flores no son para los muertos (Begoña Rodríguez González)

No recordaba que te había pedido que llegaras tarde. Tu puntualidad me privaba de potenciar el sentimiento de la espera. Siempre aguardabas tú y me pareció muy egoísta. Quise sentir las mariposas en el estómago y ese estado de entusiasmo que solo te proporciona la intensidad de un encuentro que ansías.

Quise colocar mi pelo una vez más, repasar el carmín, ajustarme el pañuelo… Abrir el bolso en busca del espejo, curiosear el móvil por si, de camino, mandabas algún mensaje… Morder mis labios y arquear las cejas cuando pasaba más tiempo del calculado.

Supe así como te sentías tú cuando me esperabas y te imaginé sujetando las flores sencillas que adornaban nuestras citas. Desgastando la acera con pasitos cortos que iban y venían trazando un camino que llevaba siempre hasta mí. Era entonces cuando yo cruzaba la calle, deprisa, apenas sin mirar si pasaban choches: “Algún día no van a frenar…” Me decías al llegar hasta ti y entregarme tus flores. “Pues entonces quedarán perfectas en mi funeral…”, bromeaba yo, inconsciente y loca. “Las flores no son para los muertos…”, sentenciabas.

Ya no siento mariposas y sujeto flores muertas. No recordaba que te había pedido que llegaras tarde.

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