Las gafas de ver (Guzmán Pérez)

Las encontró casualmente en una tienda de segunda mano. Aparentemente no tenían nada especial, pero sintió un impulso y no dudó en probárselas. Sus ojos se nublaron, y empezó a marearse. El dueño, que la contemplaba desde el mostrador, le advirtió:
— Tenga cuidado, señorita. Esas gafas son peligrosas.
— Ya veo, ya. Me estoy mareando.
— No, no me refiero a eso. El peligro viene una vez que sus ojos se adapten a ellas. Cuando empiece usted a enfocar de otra manera.
— No veo claro qué me quiere decir —dijo la mujer, extrañada.
— Créame, el mareo inicial es lo de menos en esas gafas —insistió el hombre—. Si lo desea, puede quedárselas. Pruébelas. Son para usted.
Ella se quedó perpleja, seguía sin comprender.
— No se apure. Fíese de mí, y lléveselas. Ya lo entenderá.
No sin cierto recelo, salió con las gafas puestas. Según caminaba, su mirada se iba enfocando, y para su sorpresa, las gafas le hacían fijarse en cada persona. No podía retirarles la mirada. Aquellas lentes enfocaban de otra manera: al mirarlos, era como si sintiera lo que ellos sentían, como si le afectara lo que le ocurría por dentro a cada persona. Y entonces comprendió al señor de la tienda. Esas gafas eran peligrosas.

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