Las palomas (Sandra Domínguez Martínez)

Caminaba con ensimismamiento por una de las calles que me conducía a casa. Junto a un parque observé que un puñado de palomas se agolpaba sobre un banco, formando un cuerpo compuesto y ansioso, un cuerpo gris y atolondrado. Se movía de arriba a abajo y también, levemente, hacia los lados. Probablemente comía restos de meriendas de niños o despojos de las cafeterías aledañas. Pensé entonces en la superior naturaleza del hombre, en su raciocinio, en su intelecto. En fin, en su capacidad para suavizar, mediante el conocimiento racional, los impulsos más agresivos y vergonzosos de los instintos. ¡Es mejor, casi extraordinario, el hombre! Entonces un golpe, un ruido atronador, un triquitraque me sobresaltó. Y también a las palomas, que volaron nerviosas y se dispersaron por el cielo de la ciudad. Esa dispersión dejó al descubierto a un hombre recostado sobre el banco. Se reía complacido, con el pecho y el vientre cubiertos de migas de pan. Era un hombre feliz y despreocupado. Un hombre sencillo. En fin, un hombre.

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