Las puertas entreabiertas (Pedro Rafael Fonseca Tamayo)

Desde niño tuvo una rara obsesión que se acrecentó con los años. Sentía una impostergable necesidad de traspasar las puertas entreabiertas. En el hogar, en la calle, en la escuela, hasta en las iglesias penetraba por las hendiduras descubriendo cosas que no debían ver sus pequeños ojos.
Nunca hizo caso a los regaños, ni a los consejos y por más que le obligaban a repetir mil veces la palabra “permiso”, su boca era incapaz de pronunciarla por voluntad propia.
Su padre lo obligó a golpear la puerta de madera de su cuarto hasta que los nudillos se le ensangrentaron, pero ningún castigo le hacia mejorar su educación formal.
Las puertas entreabiertas le incitaban a penetrar furtivo, a fisgonear dentro, a descubrir hacia donde conducían los portones iluminados en la noche. Las entradas rectangulares eran como pasajes a mundos misteriosos, como grietas en el tiempo, como espejos mágicos.
Solo él sabía el origen de su obsesión y cada vez que cruzaba una puerta recordaba la noche en que su madre se puso el dedo delante de la boca y salió a la calle para no volver nunca más, dejando tras de sí un brillo cegador en la puerta entreabierta, mientras su padre les llamaba para cenar.

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