Lección de violín (Néss Noldo)

Soporté las quejas de mis padres y fui a regañadientes a la lección. Mi tutor no había
llegado, pero allí estaba “aquello”: vi el violín en la mesa con su arco puntiagudo, sus
clavijas doradas y esa rizada voluta, altivo como un caballero ostentando la espada que
lleva en el cinto. ¿Qué hay de armónico en tal petulancia frente a la delicadeza del pincel?
Raspé las cuerdas y salió un chirrido, como una risita burlona. Le prendí fuego. Sus cuerdas
reventaron por las llamas, chillando como nervios. Se apagó. El sonido se fuga, pero un
lienzo es para siempre.

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