Leviatán (Javier Haya Máñez)

“Llévanos a ver el mar, tío Dani, que no sabemos a qué huele”, repetía Marta lo que hacía nada había dicho Elena. O viceversa, cualquiera se aclaraba. Daniel les contestaba paciente: “¿Es que vosotras nunca os contentáis? Hoy hemos estado en el mar”. “¡Qué iba a ser el mar! ¡No había arena! ¡Ni medusas!”, le replicaba Elena, o quizás Marta.

Pero a la mañana siguiente volvían a la balsa del huerto, reconvertida en piscina. A falta de barcos y mareas, las niñas simulaban que la colchoneta era una carabela y la depuradora, las corrientes del Pacífico. Mejor aún, un terrible leviatán. Y jugaban a sumergirse en las profundidades. Y cuando Marta -esta vez no era Elena, seguro- cayó en las redes del monstruo, se dieron cuenta de que tampoco había socorrista. Ni oleaje que borrase de la orilla las huellas de la pena. Ni embriagadora espuma que ayudase a olvidar.

A partir de entonces, Daniel fue en el pueblo “El ermitaño”, como los cangrejos escondidos en los escollos. Hasta que aquella noche de verano salió de su casa y, abandonando la mancha del recuerdo, caminó hasta la costa acantilada. Desde donde se zambulló en las profundas aguas para preguntar a las sirenas a qué olía el mar.

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