Vamos liante, vamos a jugar (Ramona Perea Rosell)

Ese día su abuelo cumplía 85 años. Ya no reconocía a nadie que hubiera formado parte de su pasado. A él tampoco.

Para Juanito era duro verlo así. Siempre habían estado muy unidos, incluso habían sido compañeros de juegos.

Recuerda la primera vez que le llevó al cine. Vieron “Murieron con las botas puestas”. Tanto disfrutaron que su abuelo se compró un sombrero y un pañuelo de vaquero y a él le fabricó un arco de madera, las flechas con cañas de junco, y un penacho con plumas de la gallina que hervía en el caldo de su abuela.

Desde ese día, empezaron a jugar a indios y vaqueros. Cuando el abuelo veía aparecer a Juanito ataviado con el penacho en la cabeza, el arco y las flechas a la espalda, y el sombrero y el pañuelo en la mano, ya sabía que su nieto quería jugar. Se levantaba y le decía: vamos liante, vamos a jugar.

Ese día apareció por la puerta como cuando era pequeño: el penacho atado con una cuerda porque ya no le cabía en la cabeza, el arco con las flechas en el hombro y, el sombrero y el pañuelo en la mano.

El abuelo levantó la vista y por primera vez en años, le sonrió. Se levantó con dificultad y le dijo: vamos liante, vamos a jugar.

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