El libro de los trasgos (Adrián González)

Había llegado a las proximidades de la montaña agrietada. Aquella tenía una extraña forma cilíndrica ahuecada por cada uno de sus lados. A través de ella, ciento de miles de puentes creaban canaletas dirigidas hacia su centro. Como ingeniero, me habían enviado a resolver el misterio de las bifurcaciones naturales de la roca. Al acercarme al primer puente, noté algo extraño antes de pisarlo. Era un polvo negro, nunca antes visto por ningún ojo trasgo. Evité tocarlo con la mano, pues, podría ser veneno. Cosas extrañas pasan en el mundo sin ninguna explicación y no quería ser una de ellas.
Sumergido en la duda, desenvainé la espada y apelé a la decisión de recoger una pequeña muestra con la punta. Las manos me temblaron en el incesante movimiento produciendo un roce con la piedra. La estructura blanca, reaccionó al metal de mi acero templado, creando así, chispas que saltaron eufóricas al producto oscuro. Esté, como acto de magia, reaccionó quemándose en miles de diminutas explosiones arrastrándose hacia el cuerpo cilíndrico.
La explosión fue tan inmensa que derrumbo la mitad de la enorme montaña, deleitando mis ojos como a cualquier ingeniero. Le llamé, Pólvora.

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