Lisboa-Tokio (Ángeles)

En el barrio nadie se sorprende al ver a Carmelo subido a su bicicleta estática en plena calle. Lo saludan al pasar y él responde educadamente entre los jadeos provocados por el pedaleo. Unos piensan que siempre fue un iluso con demasiados pájaros en la cabeza, otros, que  la pérdida de María lo trastocó. Pero todos, mayores y jóvenes respetan su luto y su bicicleta.

Carmelo sabe lo que piensan de él. Lo toman por loco, pero no lo está. Es consciente de que está montado en una bicicleta estática y de que en ella no llegará jamás a Japón. Lo que pocos saben es que desde que falta María, ese kilometraje que hace diariamente hasta cumplir con los 11.162kms que separan Lisboa de Tokio, es lo que le hace levantarse de la cama. Lo que le hace seguir vivo. El sueño compartido que nunca pudieron realizar y que ahora él, a golpe de pedal, cumple sin dejar de mirar el cuentakilómetros que ya marca 7.240

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