Si lo pienso bien (Elena García)

Si lo pienso bien, no tuvo nada de especial aquel verano, salvo que yo tenía unos once años. Mis padres, llenos de nostalgia, habían decidido como destino para nuestras vacaciones la costa asturiana, con su viento eterno que arrastras las dóciles nubes y deja que se vea, de vez en cuando, algún rayo de sol. Eligieron un pequeño pueblo junto al mar, con su playa pequeña y salvaje, llena de rocas y en la que todavía se encontraban pulpos y estrellas de mar, amasándose el entorno ideal para el verano de una niña que se creía una mezcla de Indiana Jones  y Jacques Cousteau.
Lugar de reencuentro de antiguos hijos del pueblo, mi hermano y yo nos infiltramos en la cuadrilla que se juntaba como siguiendo un rito ineludible verano tras verano.
Allí encaramada en las rocas, enfrentada al cantábrico de mareas impetuosas, un cuerpo de adolescente se acercó al mío y con el mismo ímpetu cubrió mis labios con salitre, despojándolos del sol de los últimos días de mi infancia. Se giró buscando algo, y me dio una caja de lápices Alpino que guardaba entre las rocas, los olí, y ese olor se convirtió en el hilo conductor entorno al que se ordenaron todos mis recuerdos de aquel verano.

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