Lo que hay que hacer (Xoán Francisco Pérez Argibay)

Empecé a caminar en cuanto morí. Porque para empezar a vivir de nuevo hay que morir antes, aunque la nueva vida no fuera la más deseada.

Recordé su rostro frío e insensible, su prepotencia vestida de corbata, su barriga tambaleante y torpe. Aquellas palabras en un despacho en las que con mirada amenazante dibujaba la crueldad hecha realidad al tiempo que señalaba con un dedo de gatillo fácil mi futuro en el trabajo.

Sabía que estaría allí presumiendo de alto cargo con cualquier lameculos con vestido de mujer. Pedí un vino tinto y esperé la ocasión. A los pocos minutos lo vi acercarse, baboso, altivo. A su lado, la reina de la mediocridad. Me levanté y le abrí la puerta con un gesto amable. Me dio las gracias y asentí.

No sé el tiempo que pasó. El silencio borró todo lo que había sido hasta el momento y me guió a su mesa. Las palabras que pronunció su inmunda garganta no llegaron a ser oídas por nadie. Hasta la sangre que le salía de la garganta era repugnante. Escupí en el suelo del asco que me daba. Limpié la navaja, la guardé despacio. Los gritos de los clientes no me distrajeron de mi trabajo. A veces hay que hacer lo que hay que hacer y punto.

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