Lo que se ve al otro lado es Alaska (Eu Fernández)

Águeda se murió de vieja con veintinueve años y una hora. Yo no había tenido ni una sola amiga hasta el día en que decidió aparecer por el curso de mecanografía, y entonces todo cambió. Desde donde consigo recordarla, su tajante negativa a responderme por qué aderezaba el café con sal Mandon nunca me dejó dormir. Solamente cuando hube arrojado sus cenizas al Estrecho de Bering me confesó, aún a regañadientes, que algo tenía que hacer con los restos que le sobraban después de echársela en las heridas del alma.

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