Los coleccionistas (Antonio Pérez Ruiz)

El vehículo de James decidió, unilateralmente, no dejar aquel lugar por más que él girase la llave de contacto. Por fortuna, no muy retirada, vio una cabaña. Sus luces escapando por las ventanas le decían que allí se encontraba su salvación. Solo necesitaba un teléfono desde donde llamar a un remolcador. Y el hecho de que aún no fuera noche cerrada le daba pacifismo a su acción.
Ya en las proximidades, un gran perro se avalanzó sobre él, quedando a pocos metros debido a una gruesa cadena. La puerta de la cabaña se abrió y en su umbral apareció un hombre con una escopeta. James gritó que solo necesitaba llamar. El hombre lanzó un trozo de carne y el perro, mirando de soslayo, se retiró dejando el paso libre.
Allí vivía tan solo un matrimonio. Hizo la llamada, pero al cruzar el pasillo hacia el salón vio por el rabillo del ojo algo extraño en una habitación. Se atrevió a abrir más la puerta y en su rostro se reflejó el terror al observar pequeños frascos conteniendo ojos. No tuvo tiempo de gritar. Recibió por detrás varias puñaladas que acabarían con su vida.
Ahora solo había que esperar al remolcador.

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