Los delirios del vino (Cleopatra Smith)

Y aquella boca surcó mi piel como momentos antes lo hiciera el vino. Recogiendo con los labios las gotas que dejaron un recuerdo tatuado para borrar un sufrir, ya que eran del color del rubí. Unos susurros callados, lo mismo que los besos del amado, que quedaron encerrados en aquella botella de la cual salió el líquido envenenado. Mis manos perdieron su voluntad y tomaron la de él, moldearon mi cuerpo embrujado, poseído por un querer, un falso querer, pero, el cual me fue también negado. Placeres olvidados, que, no encontrados, florecieron al compás de los jadeos que más que regocijarme, me atormentaban, y acabaron siendo un silencio, el silencio que queda después de la misma nada. Un sonido seco, un cuerpo, un corazón que ya no late, ni el suyo, ni el mío, aunque por el mío siga fluyendo vino, que no sangre, ya que sangre no tengo, ni conciencia que me delate. Un último suspiro al resbalar un brazo inerte dejando escapar a la culpable de mi embriaguez y, aquella copa rodó vacía bajo mi alcoba para borrar todo vestigio de un pasado y encontrarse con el cuerpo sin vida de una ilusión, pero, que, al perderse, firmó mi sentencia, mi propia muerte…

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