Los dibujos (Alfonso Gautier Castro)

Siempre dibujaba: secuoyas cuyos troncos reflejaban supernovas, zorros púrpuras con alas carmesíes que cruzaban una carretera en llamas, abisales mares de magma donde una luz celestial brotaba y combatía la maldad terráquea… Pero aquel poderoso mundo interior a ella no le interesaba; lo que quería plasmar, eran silbidos, besos y susurros. El sonido de un llanto, el impacto de una sonrisa en el viento. El mundo de las emociones le obsesionaba, y tal fue era frustración, que llegó a quemar todo lo que dibujaba.
El invierno le fue bien, porque las hogueras que formaba siempre le calentaban. Pero al llegar la primavera, las cenizas de todas sus obras pasadas rodeaban su casa, y la implacable luz solar hizo brillar algunos trazos de color que aún perduraban. Entonces, comprendió que sus obras tenían más vida que ella misma, y que no debía de haberlas culpado que no debía de haberlas culpado de la agónica condena que sufre un fantasma.

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