Los dos reyes (Nicolás Sánchez Frascini)

Lo habían hecho tantas veces durante la infancia que ya conocían sus movimientos de memoria, aunque en aquellos tiempos él siempre era el derrotado.

Era el menor, y por culpa de los constantes adulterios de su madre, el pueblo siempre lo había tenido por bastardo. No era agraciado y su carácter no despertaba simpatías en la corte. Lo contrario ocurría con su hermano.

La forma en que se elegiría al sucesor había sido impuesta por el abuelo de su padre: los  hijos se batirían a duelo. El ganador sería el heredero; los perdedores, si sobrevivían, serían desterrados a los confines del mundo. Su padre también había sido el menor de entre sus hermanos.

Cuando el rey murió, y los funerales concluyeron, se asignó día y hora para el desafío. No habría padrinos y la consigna era clara: batirse hasta que uno cayera o se rindiera.

El combate fue breve; la diferencia, notoria. Bastaron unas pocas estocadas de flanco y una de punta para darlo por terminado. El ganador clavó la espada en el suelo y, como quien tiene la obligación de modificar la historia, contempló la tierra junto al cadáver de su hermano, que nunca opuso resistencia.

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