Los hijos de Nietzsche usan lágrimas de plástico (Alberto Vizoso Ceballos)

Fueron esos vientos los que anunciaron la muerte de la poesía. Una década antes, los científicos habían certificado la muerte de Dios; aportaron tantas pruebas incontrovertibles que ninguna religión se atrevió a cuestionarlas. El planeta se dividió en dos grandes masas, los que Esperan el Apocalipsis y los Hijos de Nietzsche.  La guerra estalló, duró un año, vencieron estos últimos, asistidos por unos científicos que lanzaron a los vientos un virus que multiplicaba por cien la racionalidad de toda persona.

Los fronteras se borraron, los gobiernos abdicaron en unas sociedades organizadas con tal efectividad, que se alcanzó un nivel de bienestar jamás existido. Todo mal insensato había sido relegado a los museos del pasado.

Tiempo después, empezaron a disiparse todos los sentimientos irracionales nacidos del corazón. La pasión o la esperanza se convirtieron en unas extrañas sombras en la memoria y las parejas surgían en  base a test de compatibilidad; nadie volvió sentir los males punzantes del desamor.

Cientos de naves viajaron al espacio en busca de vida sensible, mientras en la tierra, se crearon fábricas de lágrimas de plástico que  aquietaban la razón.

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