Los hombres que levitan (Abelardo Velásquez Montoya)

Era mi turno de saltar y lo hice. Mis piernas se elevaron sobre el espacio del teatro, cruzaron cientos de espectadores que concentraban su mirada sobre mí. Me elevé, por primera vez sentí que no necesitaba el suelo para poder existir. El asombro de los que miraban me hacía estar por encima de todos. Los hombres que valemos la pena somos aquellos que nunca volvemos a tocar el suelo.

Cuando terminó el acto la gente se paró de su silla y aplaudió, no miraban al escenario, me miraban a mí flotando sobre ellos, el resto de mis compañeros se quedaron sin la ovación y me miraron como con ganas de hundirme en el fondo de un pozo.

Fin del acto, regreso a la bruma, el teatro se desocupó y no vi a Adela entre el público. “Ya estoy acostumbrado a que no vengan a verme”. No, lo cierto es que uno nunca se acostumbra al olvido.

Comencé a llorar, lo malo de levitar es que no estoy dentro del común acuerdo (¡LAS PERSONAS CAMINAN!). Comencé a arrepentirme de mi salto, ya no quería recordar los aplausos.

Siempre amanece, vi el sol entrar por una claraboya y luego vi más hombres que volaban. Voy a extrañar a Adela, pero prefiero eso a seguir acostumbrado al olvido.

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