Luces brillantes (Jorge Miguel Carrión)

Siempre dormía con un cuchillo porque decía que sus sueños podían ser realmente peligrosos. Daba igual si dormía en su casa o estaba de viaje, si se acostaba solo o acompañado, si era de noche o, sencillamente, se tratara de una siesta, siempre tenía su cuchillo al alcance de la mano.

A pesar de lo absurdo que pareciera, había algo en su manera de decirlo que te hacía sospechar que podía haber algo de verdad en sus palabras. No sé si era su mirada, su voz o esa manera nerviosa de mover las manos cuando hablaba, pero entraba gota a gota, como un diminuto insecto, en tu mente la certeza de que demasiadas cosas escapan a la razón y al entendimiento y que, quizás, algunas de ellas no se ocultaban a sus ojos.

– Los sueños huelen – decía – Muchos parecéis olvidarlo, pero es así…

Esperé unos segundos y le pregunté por su chica.

– Se ha largado.

Y yo pensé que, quizás, era una chica demasiado tímida para enfrentarse cada día a la lucidez de un sabio o sólo estaba harta de los delirios de un hombre que, probablemente, había abandonado el territorio de lo real hacía tiempo… Apuré mi cerveza, me despedí con un gesto y me marché rumbo a mis propios delirios…

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