Lujuria (Núria Olives Callao)

Todo en ella era excitante, sobretodo el verde de sus ojos. Desde que cumplió los dieciocho la dejé de ver como a una niña para empezar a verla tal y como era: una diosa.

Todo su cuerpo incitaba a la locura. Pero, a pesar de su atractivo y su inteligencia, nunca habría traspasado el límite. Helene tampoco se merecía que la engañara.

Al salir de trabajar, me dirigí al bar de siempre a tomarme mi cerveza. Me acerqué a la barra y pedí. De repente, un aroma embriagador y muy familiar me rodeó. Era ella.

Sin poder pensar, sin saber qué decir me acerqué. Era impresionante como una chica de veintidós años podía provocarme esos efectos. Antes de que si quiera pudiera abrir la boca, ella se volteó y con una sonrisa clavó sus ojos hipnóticos en mí.

-Le apetece jugar, Sr.John?-. Dijo ella, jugando con su pelo castaño.

Me levanté horas después, sin recordar cómo había llegado a mi casa. Pasaron unos minutos hasta que comprendí que no era mi casa, ni mi cama, sino la de ella.

En ese momento comprendí dos cosas: que lo sucedido no podría salir a la luz, pues ella era la hija de mi mejor amigo. Y la otra, que nunca podría escapar de su hechizo, pues su cuerpo estaba hecho para el pecado.

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