Maldito seas (Amaia Arteta)

El taxi le dejó frente a un portalón con zaguán. Al bajarse, el tacón del zapato parecía no entenderse con su tobillo. O tal vez fuera a la inversa. Lo cierto es que se tambaleaba al andar. Podría pensarse que estaba algo embriagada, pero era la rabia y ese asfixiante nudo en la garganta lo que le impedía caminar.
Agazapada debajo del abrigo, con los nudillos blancos de aferrarse a la solapa, sabía que no podía dilatar más el momento. Así que respiró hondo, como pudo, sintiendo una punzada en el costado que le hizo doblarse aún más, y enfiló como pudo directa al ascensor.
Si de ella dependiera, congelaría el tiempo. O, mejor aún, lo retrocedería a antes de aquella noche. La misma en que le conoció, con ese aire altanero y despreocupado que le conquistó. Maldito seas, maldijo en su cabeza. Estúpida, masculló agachando más la cabeza y con los ojos aún vidriosos.
El viaje en ascensor fue como el descenso al infierno. Cinco plantas interminables. Abrió la puerta y allí estaba el letrero, algo deslucido por el paso del tiempo: Investigador Privado. Las referencias eran buenas, las mejores.
Maldito seas, se dijo una vez más antes de tocar el timbre. Pero ya había dejado de llorar.

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