Malentendido de una carta que no regresa (Jose Bullón)

El escrito ahora vaga sin rumbo fijo, en busca de su inocente dueño que aún llora perdido en algún lejano rincón del paraíso. Vuela por los campos, pueblos, mares y bosques; conoce a todo el mundo y es siempre extraño; nunca sabe dónde está, pero se encuentra incómodo. Los fragmentos de aquella carta devastada jamás se unirán mas que por desorden de quien creyó recibir y recuerdo de quien creyó firmar. Aunque en pedazos, vuela con libertad, ya que el viento no es su dueño, sino su más fiel amigo; la lluvia no es su enemigo, sino juego de otoño; la espera no es su aburrimiento, si no extraño júbilo. Y es que tras el sufrimiento que desangra a su creador, ella se tranquiliza y da paso a su primera naturaleza. Son los sarcasmos de la pasión que consiguen quemar nostalgia y existencia. Son los esclavos de los placeres que hicieron de hombres fuertes, prisioneros de sus amantes. De este modo, la creación de algo maravilloso supone una renuncia, y la renuncia a veces se dirige en forma de un roto puzzle que solo la bestia consigue resolver.

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