Mañana a esta hora (Pablo Martínez Fernández)

-Mañana a esta hora estará muerta. Es inevitable.
Pude ver el brillo satisfecho en sus ojos al escuchar mis palabras, y esa turbadora mueca de depredador hambriento de la que tanto había oído hablar. Lo que contaban era cierto: algo en tus entrañas se encogía, tembloroso, ante esa sonrisa sedienta.
-¿Es cierto? ¡Muéstrame la evidencia!
Así lo hice. Saqué del bolsillo de mi abrigo la prueba innegable y se la enseñé.
-¡Por fin! Ya no habrá nada que nos detenga. He esperado tanto tiempo… ¡ha llegado mi hora!
Se levantó de la silla y anduvo con paso inquieto hasta la ventana. Afuera anochecía, y la luz del ocaso tiñó de rojo su rostro afilado. Viéndole así, costaba creer quién era realmente, cuánto poder atesoraba. Y cuánto había sacrificado yo para estar allí, a solas con él. Pensé en ello mientras empuñaba mi pistola y lo encañonaba. Se giró de golpe al oír el chasquido del percutor.
-¿Pero qué diablos…?
-Vas a pagar por tus pecados.
-No es posible. Ella… ¡ella va a morir!
-Sí, y aceptó pagar ese precio para acabar contigo. Al igual que yo.
Por un instante hubo un brillo extraño en sus ojos, una chispa de respeto en medio de su rabia, antes de que un disparo pusiera fin a todo.

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