Mañana (María de los Ángeles)

Otra tarde más Evaristo descuelga el teléfono para llamar a la residencia que sus hijos recomiendan para María, su esposa. Pero hoy tampoco teclea el último número. Hoy tampoco, a pesar de que esta tarde se siente demasiado cansado y frustrado porque María se escapó por las calles del pueblo que ahora la pierden. Con la ayuda de sus vecinos, porque sus cinco hijos estaban demasiado ocupados, la encontró en un banco llorando porque la habían abandonado. Él se unió a su llanto; la había encontrado, aunque desde hace un año la había perdido por los vagones del Alzheimer.  Mañana vendrán los reproches de los hijos, lamenta. Le recriminarán que donde mejor está madre es en una residencia. Pero él sabe que no, allí acabará olvidando hasta su nombre que él a menudo con cariño le recuerda. Muy cansado estira medio cuerpo sobre las piernas de María para unirse a su sueño, que desde hace rato ella mece en el sillón orejero. Las puertas están bien cerradas, recuerda Evaristo, el brasero apagado y la llave del gas quedó abierta.

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