Mar de fuego (Antonio Velasco)

La vieja barca cruzaba el océano, luchando contra las corrientes que la agitaban como remueve una ventisca las copas de los árboles más endebles.
Corroída por el hambre y la dolorosa enfermedad, estrangulada por una sed implacable, la tripulación soñaba alcanzar una nueva vida, dejando atrás la nada, dejando atrás el todo. Ya faltaba poco, decían, combatiendo el temor que rugía en sus entrañas.
Pero transcurridas unas horas el motor de la barca se averió, entregándoles, entre súplicas y llantos, a las inclemencias del tiempo. Varios cuerpos se derramaban por doquier, como anchos atunes plateados, orgulloso trofeo del pescador. Ellos eran el trofeo de la vergüenza y la hipocresía, un trofeo que nadie reclamaría porque no existían. No alcanzaban la categoría de personas; eran cifras, recursos, herramientas fácilmente sustituibles.
La tripulación se lanzó a remar con sus brazos, llorando angustia, pero sus fuerzas eran escasas y el oleaje poderoso. Pasaron horas a la deriva en un laberinto sin muros, extraviados en un mar de fuego, rezando para que alguien les encontrase.
-¡Estoy viendo algo! -dijo uno, posando su vista en el neblinoso horizonte.
Era la muerte, aguardando en el mar.

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