Marcelino (Belén Ortega)

Tiene la cualidad intrínseca de encontrar errores en las realidades supuestamente perfectas que se le presentan; por eso supo inmediatamente de su primera enfermedad: las marcas rojas por toda su piel, el calor insoportable, el insufrible picor que le recordaba constantemente su mal estado… Todo ello eran profundas lagunas ante su premeditada idea de la inmortalidad. Así fue como descubrió, a sus cinco años de edad, que la vida era un conjunto de sucesivos errores que se solapaban unos con otros, cuya naturaleza había que aceptar sin rechistar. Ahora, setenta y ocho años más tarde, aquel malestar de su infancia es el recuerdo más ferviente que se le viene a la mente mientras, tumbado en la cama de un maloliente hospital, intenta distraerse del monitor y de su absurdo run run. Se siente igual que el niño que descubrió, por culpa de la dichosa varicela, las incoherencias de la vida. No hay nadie más a parte de él en la pequeña habitación, pero no se lamenta; se traga la última cucharada de esa insípida sopa y acepta su final sin rechistar.

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