María (Juan Manuel Sainz Peña)

Huele aquel escondrijo a derrota y a miedo. Hombres, mujeres y niños están sentados en el suelo de la entrada a la mina, alrededor de la radio que, milagrosamente, aún funciona cuando alguien gira el botón y la enciende.
Nadie habla porque el hambre da mordiscos y solo quedan fuerzas para el lamento, que crece allí dentro como la mala hierba, como una flor oxidada y maldita.
Flota el temor de que no va a llegar la paz, y sí la victoria.
Hay en el rostro de todos crespones de luto bordados con los hilos del odio y el desquite.
La radio emite un sonido de aguanoso, pero al fin una voz, clara y firme, anuncia:
«En el día de hoy, cautivo y desarmado el enemigo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares.
La guerra ha terminado».
María, de seis años, observa a los que están con ella. Se toca sus brazos famélicos y la ropa hecha harapos. Luego observa la mirada de todos, que está hundida en la hambruna y la miseria. Después se vuelve a la mujer que tiene a su lado y, trémula, le pregunta:
—Madre, y nosotros, ¿de quiénes somos enemigos?

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