Mercancía dañada (Mari C)

Le habían devuelto el cuerpo en mal estado. Los muy mamones. Después de solo un año, parecía que la hubieran hecho envejecer una década. Sobrepeso, dos caries, ¡celulitis, por el amor de Dios!

El maldito seguro se acogía a que los “desperfectos” se debían al día a día, no a un mal uso de la mercancía. ¿Mercancía? ¡Era su cuerpo del que estaban hablando!

– Mujer, es un mal menor, -la consolaban sus amigas con los dientes apretados en una sonrisa postiza. – Has podido cambiar de cuerpo durante un año entero. – ¡Y por el de un pedazo de hombre, nada menos! ¿De qué te quejas?

Víboras resentidas.

Así que cuando la lista de espera volvió a moverse y le propusieron otra vez la experiencia, aceptó sin dudarlo. No solo porque le apetecía volver a sentirse vigorosa y masculinamente sexual. Iba a vengarse.

Durante un año, comió y bebió con desenfreno. No era su cuerpo, al fin y al cabo. Se tatuó obscenidades, se destrozó la cara a base de peleas, y sometió a su nuevo cuerpo a no pocas lacras, fruto de una vida de excesos.

Al cabo de ese tiempo, echaba de menos volver a ser ella misma.

– Sí, es ella. Era yo, -declaró en la morgue, desorientada, al reconocer su cuerpo destrozado.

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