El metro-andante (Carmen Aznar Sanabria)

El metro en Europa genera ruido a los oídos. No es el traqueteo de las pletinas y rieles en sus acordes a tempo, ese apenas nos brinda la agradable sensación de que estamos en movimiento. Son las charlas de la emigración. Se nos va el entendimiento y se abre el mundo a una geografía mal curada, con guerras, poderío y monedas. Apenas las sonrisas y las tristezas se reconocen. Unos con esperanzas y otros con desaliento. Como todos.
Los fenotipos se difuminan en la variedad y nuestros ojos se esfuerzan para adivinar la cultura que trae a cuestas el rasgo del metro-andante. Somos una pieza imborrable de nuestro arraigo. Una antojada imagen caricaturesca, que brota como un amago cultural de nuestra tierra.
Sintiéndonos ciudadanos del mundo, juramos internamente socorrer a los restos del hombre en huidas fronterizas, pero somos animales individuales queriendo hacer manadas, y en el acopio de los hombres, vamos marcando diferencias.
Queremos entender la historia fracturada de la humanidad y nos rasgamos las vestiduras para vivir en paraísos terrenales y mientras tanto morimos en soledad. Somos metro-andantes, con apenas un asomo de pertenencia, en los breves espacios de risas y llantos.

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