Mirada (Blanca Perezcarro Sánchez)

Y sus miradas se encontraron.

A través del cristal y durante unos segundos sus pupilas se clavaron en las de él. El timbre del tren indica que ya no hay tiempo, entonces, ella le sonríe, no hay nadie más; él desde el otro lado le devuelve la sonrisa. Ella, instintivamente se despide con un gesto tímido. Él, sin desviar sus ojos de los de ella, sube la mano y mueve sus dedos suavemente, con dolor, y lentamente cierra el puño, como si quisiera atraparla en él.

En ese instante, el tren arranca, el movimiento hace que su silueta se funda en el tiempo, la velocidad le deja un dolor en el pecho, el espacio se vuelve oscuro y pequeño, todo se desvanece en la oscuridad del subterráneo.

Ahora, en su campo de visión, el cristal del tren y una luz parpadeante. Ella cierra los ojos, intenta recordar su cara, pero la fugacidad sólo ha dejado su mirada. Aprieta los ojos y un gesto de rabia asoma en sus labios, un sabor amargo y dulce la invade.

Sus ojos ya no volverán a encontrarse, pero sus iris, de un verde intenso, únicos, permanecerán siempre en su memoria.

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